
La reciente ejecución del dictador iraquí Saddam Hussein no fue sorpresiva. Era esperable una sentencia semejante hacia quien cometió numerosos crímenes contra la humanidad, entre los que se cuenta la matanza a la población kurda, a través de la utilización de bombas químicas. (Este crédito, compartido con Estados Unidos y otros países de Occidente, que le proveyeron las materias primas para la confección de estas armas letales, pese a que hoy se desentiendan a ese respecto). El otrora aliado del mundo occidental – en su lucha contra el Irán fundamentalista de Ayatolla Komeinhi -, contaba con un nutrido historial de masacres, torturas y arrestos masivos.
Más allá de discutir lo adecuado o no de su condena, resulta curioso analizar cómo es que personajes que han cometido serias violaciones a los DD.HH, logran exacerbar las pasiones de adherentes y detractores de su régimen al momento de su muerte. Sucedió en nuestro país, con el reciente fallecimiento del General (R) Augusto Pinochet. Una figura ya en decadencia - producto de los años y el conocimiento de las cuentas del Riggs -, pareció resurgir como el ave fénix, en gloria y majestad, justo después de su deceso. Tanto para los más fieles defensores de su gobierno, como para sus férreos opositores. Asimismo, Hussein, convertido en un vagabundo acabado que alimentaba a las aves y recogía las hojas del recinto donde estaba recluido despertó las bajas pasiones de aquellos que oprimió, quienes lo humillaron en sus últimos instantes. De igual forma, para muchos islámicos y en especial los sunitas, se trata de un mártir que tuvo la valentía de enfrentar a los infieles de Occidente.
Celebrar el fallecimiento de una persona con champaña y un colorido carnaval en el centro de Santiago no deja de parecer impactante. Tampoco el hecho de grabar la muerte de un sujeto y subirla a un visitado sitio web. O impedir, hostilizaciones de por medio, que un condenado a la horca pase sus últimas horas en paz. Así como también es controvertido no permitirle completar sus oraciones antes de ser ejecutado. Para comprender este tipo de reacciones que en primera lectura resultan escabrosas, es preciso tener en consideración el dolor acumulado por tantos años, entre quienes fueron vejados duramente por estos gobiernos, o bien, perdieron a sus seres más amados. Estos factores nos facilitan un entendimiento, mas no la justificación de estas actitudes. Esto, ya que semejante modo de proceder nos iguala a quienes, sin mostrar huellas de humanidad, dejaron una profunda herida en la fibra de nuestra sociedad.
Más allá de discutir lo adecuado o no de su condena, resulta curioso analizar cómo es que personajes que han cometido serias violaciones a los DD.HH, logran exacerbar las pasiones de adherentes y detractores de su régimen al momento de su muerte. Sucedió en nuestro país, con el reciente fallecimiento del General (R) Augusto Pinochet. Una figura ya en decadencia - producto de los años y el conocimiento de las cuentas del Riggs -, pareció resurgir como el ave fénix, en gloria y majestad, justo después de su deceso. Tanto para los más fieles defensores de su gobierno, como para sus férreos opositores. Asimismo, Hussein, convertido en un vagabundo acabado que alimentaba a las aves y recogía las hojas del recinto donde estaba recluido despertó las bajas pasiones de aquellos que oprimió, quienes lo humillaron en sus últimos instantes. De igual forma, para muchos islámicos y en especial los sunitas, se trata de un mártir que tuvo la valentía de enfrentar a los infieles de Occidente.
Celebrar el fallecimiento de una persona con champaña y un colorido carnaval en el centro de Santiago no deja de parecer impactante. Tampoco el hecho de grabar la muerte de un sujeto y subirla a un visitado sitio web. O impedir, hostilizaciones de por medio, que un condenado a la horca pase sus últimas horas en paz. Así como también es controvertido no permitirle completar sus oraciones antes de ser ejecutado. Para comprender este tipo de reacciones que en primera lectura resultan escabrosas, es preciso tener en consideración el dolor acumulado por tantos años, entre quienes fueron vejados duramente por estos gobiernos, o bien, perdieron a sus seres más amados. Estos factores nos facilitan un entendimiento, mas no la justificación de estas actitudes. Esto, ya que semejante modo de proceder nos iguala a quienes, sin mostrar huellas de humanidad, dejaron una profunda herida en la fibra de nuestra sociedad.

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