lunes, 1 de enero de 2007

Vecinos Astrales: una posibilidad de cambiar nuestro destino


Una interesante posibilidad se abre para los científicos respecto de estudiar los posibles estragos que el efecto invernadero tendrá en nuestro planeta. Así es, tomando en cuenta que nuestros vecinos más cercanos (Venus y Marte) sufren las consecuencias del calentamiento global, por causas que aún se desconocen.

El planeta Venus, visto por los astrónomos como un “gemelo astral” de nuestro planeta, dadas sus similitudes en volumen y masa, presenta condiciones climáticas adversas a la vida humana. Las causas de la problemática que experimenta el cuerpo celeste, conocido por los observadores simples como “lucero de la mañana”, se deben a su atmósfera densa – mucho mayor a la terrícola -, que concentra grandes cantidades de bióxido de carbono (96 %). Este elevado porcentaje genera un fuerte calentamiento global, llevando a la superficie venusiana a presentar temperaturas de más de 460º.

El caso de Marte, pequeño planeta rojizo que ha inspirado en los escritores contemporáneos las más fantásticas aventuras, es distinto, ya que su atmósfera es considerablemente menos densa que la de nuestro planeta. Su reducida fuerza de gravedad haría imposible que se repitiera el caso de Venus. No obstante, su mínima cantidad de bióxido de carbono está congelada en el suelo y su temperatura promedio es de poco menos de 50º.

No obstante ello, en la conferencia “La física y la biología para hacer Marte habitable” patrocinada en 2001 por la NASA, especialistas plantean soluciones que permitan hacer la atmósfera del cuarto planeta más amable con la vida humana. Para ello, curiosamente, se requerirían los mismos gases que actualmente preocupan en la actualidad, aquellos que están provocado el tan temido calentamiento global en la Tierra, nuestro hogar.

Al inyectar suficientes gases en la atmósfera marciana, a fin de crear un efecto invernadero imparable, Marte evaporaría el bióxido de carbono atrapado en hielos, y estos gases contribuirían a mantener el planeta caliente.


Sin embargo, esto no es garantía de que el planeta pudiera acoger en un futuro a la humanidad, ya que no existe ninguna certeza de que se caliente lo suficiente. Se desconoce la cantidad de bióxido de carbono presente en la superficie, y por tanto, cuánto se debe calentar Marte para que lo llegue a liberar.

Margarita Marinova - estudiante universitaria del MIT, referida en la página ciencia.nasa.gov - cree tener respuesta a esta encrucijada, planteando el uso de perfluorucarbonos (PFC’s). Estos son gases súper invernadero, es decir, con pocos de ellos se puede calentar mucho. Tienen larga duración, lo que podría provocar serios problemas en la Tierra, pero que en Marte puede generar efectos positivos. Además, los PFC’s no ocasionan daños a organismos vivos.

Cabe destacar que el efecto invernadero tiene su origen en fenómenos naturales: la luz del Sol que alcanza los planetas es visible y ultravioleta. El planeta absorbe esta energía solar y la irradia de regreso a la atmósfera en forma de radiación infrarroja. Si hay presencia de numerosos gases (sean naturales o producidos por el hombre) en la superficie planetaria, estos la atrapan, trabajando como una capa aislante e impidiendo su regreso al espacio.

El calentamiento global por causa de este efecto podría causar estragos en nuestro planeta y en nuestro modo de vida. Es por ello que resulta fundamental la búsqueda de soluciones para frenar este problema. Si es posible utilizar el caso de nuestros vecinos y revertir los daños que estos mismos padecen por esta causa, habremos avanzado en la búsqueda de medidas de contención. Y, por último, tendremos la posibilidad – fantástica, pero no por ello irreal – de “limpiar” un planeta que nos albergue ante una eventual hecatombe.

Necesitamos creer


Lencería amarilla, lentejas cocidas, comer uvas a medianoche, velas multicolores: son sólo algunas de las múltiples cábalas con que los chilenos, y en general, los habitantes del planeta Tierra esperan buenaventuras para el transcurso de un nuevo ciclo. Aquél que se inicia tras las doce campanadas que señalan la llegada del Año Nuevo.

Encontrar el amor o consolidar alguna relación ya existente son deseos que se repiten, al igual que tener salud, que no falte el trabajo y que el dinero no escasee. Otros sueñan con viajar, para lo cual están dispuestos incluso a tomar su maleta y sacarla a pasear por la manzana, precisamente a la hora en que todos se abrazan.

Las cábalas de Año Nuevo son una tradición que data del siglo XVII, traída por los españoles hasta nuestro continente. En aquel entonces, la Alameda de las Delicias se transformaba en una fiesta multicolor, con ramadas donde no faltaba el ponche, el pavo, y los comensales vestían sus mejores prendas para la ocasión. Infaltable resultaba entonces, la práctica de algunos ritos destinados a llamar a la buena fortuna.

Cuatro siglos después, estos ritos no han perdido fuerza y se complementan con otros, que han surgido en el tiempo. Encender inciensos que llaman al amor, la pasión, la salud, la paz y la alegría es una práctica cada vez más habitual en vísperas de un nuevo año. Poner oro en la copa de champaña garantizaría éxito y prosperidad, o bien, matrimonio. Escribir en una hoja lo negativo del ciclo saliente y luego quemarla, limpiaría el aura, permitiendo iniciar un nuevo periodo ya sin karmas.

Lo cierto es que, independiente de la efectividad o no de estas creencias populares, un año que se inicia constituye una inyección de energía, optimismo y esperanza que se respiran en el ambiente. Es la instancia para revisar lo que se ha vivido, y plantearse metas para los días que vendrán. Es el cierre de un ciclo, que pudo ser o no favorable, para comenzar otro. La oportunidad natural para analizar nuestras vidas y evaluar la satisfacción que éstas nos reportan; si se está en el camino correcto, y si no es así, cambiar el rumbo. Es el renacer nuestro de cada año.

Puede parecer insólito que el simple hecho de cambiar una cifra, un número, en nuestro calendario, represente para la gran mayoría de los terrícolas, un renacer. Pero el paso de un 31 de diciembre a un 1 de enero suele tener esa mística. Para ello nos acompañamos de estas cábalas. Son ritos que nos ayudan a creer. Necesitamos creer, necesitamos soñar. Necesitamos de ello para sentir que tenemos las riendas, las condiciones, las estrellas de nuestra parte, para hacer del nuevo periodo un tiempo maravilloso. Y es quizás esa misma energía la que incidirá mayormente en los eventuales logros. La fuerza de la fe, más allá de la ayuda que nos den las velas, los inciensos, las lentejas o las uvas. Creyendo, somos capaces de cualquier cosa. En definitiva, es un cambio de actitud lo que nos hace poderosos. Ese es el primer paso para la construcción de un nuevo destino.